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FRANCISCO POZO FRÍAS

Prosopon1

“Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”. Así rezaba el título de una película española de los años noventa. No es éste, con toda certeza, el caso de Paco Pozo. Familia, colegas, alumnos, amigos lo seguiremos teniendo en nuestro recuerdo y en nuestras conversaciones mientras el cuerpo aguante. Pero, ya lo decían los antiguos, “verba volant, scripta manent” o, lo que es lo mismo, las palabras se las lleva el viento, lo escrito permanece. En consecuencia, asumo la osadía y me tomo la libertad de dedicarle estas líneas.

Todos los que tuvimos la suerte de conocer y tratar a Paco Pozo podemos decir de él que era un tipo ingenioso, chispeante, satírico sin llegar al sarcasmo, buen conversador, provocador de sonrisas, brillante, en suma, pero con modestia y alejado de cualquier alarde de relumbrón. Quien no supiera o pudiera escarbar un poco más en su personalidad o en su modus vivendi podría estar tentado a considerarlo una persona superficial. Nada más lejos de la realidad. Los que, durante muchos años, hemos convivido con Paco en el “Santa Eulalia” sabemos que era un profesional concienzudo, un excelente profesor, que aunaba rigor con amenidad -¡ay, cuántos por dárselas de sesudos acaban siendo abstrusos y farragosos!- y un cumplidor a rajatabla de sus obligaciones docentes. ¡Qué digo docentes! ¡De todas sus obligaciones! Ahí va un botón de muestra. En todo el tiempo que estuvo en activo dentro del grupo de teatro “Indocentes” era el primero en llegar a los ensayos y el primero en aprender de memoria su papel, por largo que fuera. Incluso llegaba a saberse el de sus compañeros de escena.

Pocas veces tomaba la palabra en reuniones del claustro o de consejos de evaluación –ya he hablado de su modestia-, pero, cuando lo hacía, era para “clavarla”. Era un observador perspicaz de la naturaleza humana, lo que le conducía a juicios atinadísimos de cuantos le rodeaban, alumnos o colegas, cosa que no le impedía mantener con todos o casi todos unas relaciones afectuosas: el conocimiento del ser humano, con sus virtudes y sus miserias, implica su comprensión y aceptación.

Buen lector y melómano, no prodigaba juicios críticos sobre lecturas u obras artísticas, en general, pero, si lo hacía, era con criterio y no poca sagacidad.

No me extenderé más, por no sobrepasar los límites de una nota necrológica. Quiero terminar diciendo que me siento muy afortunado de haber conocido a Paco Pozo y de haber contado con su amistad. Y como estoy seguro de que una puya no le molestaría, sino todo lo contrario, diré que sólo tenía un grave defecto: era bético.

Luis Andrés Argüello García




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Administrador página: Mar Pozo